Hace algunos años, más de 30, en México la clase política, esa basura que produce el sistema, se escandalizaba por los conciertos de Rock. Hoy se escandalizan por las protestas. En Londres, por ejemplo, las protestas son cíclicas y, todo mundo lo sabe, de vez en vez, harto violentas. Nadie se escandaliza, son parte del sistema. Aquí, todavía se les da un trato de acontecimiento telúrico, de posibilidad de refundación, de falta a las buenas costumbres que, creen nuestros políticos imbéciles, deben imperar en su mundo donde el capital sigue siendo religioso, una experiencia mocha.
Dentro de los principios barrocos que Bolívar Echeverría detecta para explicar la socialidad americana, está el principio de exageración, que etimológicamente tiene que ver con acumular. Otro principio central es derrochar. Ahí se constituye una dialéctica americana, trágica y festiva: acumular y derrochar. La base de comportamiento acumulativa se centra una y otra vez en una exageración estética y sacra, festiva y ritual. De hecho, es esa dinámica la que marca el nexo temprano entre el arte barroco y el catolicismo de la contrarreforma. A lo largo de toda la historia americana esto se manifiesta constantemente como una exacerbación de estilos artísticos, poliformas estéticas y políticas barrocas, y una infatigable ritualización de la vida cotidiana.