miércoles, marzo 24, 2010

Fractales y terror

El problema del terror y el pánico contemporáneo es que existe en espacios fractalizados; en espacios idénticos, autosuficientes y clausos, que están ligados a un sólo fractal global.

En viejos tiempos, se intuía que la vida en el capital nos conducía a vivir en mónadas; sin embargo, esas entidades cerradas contenían dos utopías en latencia: los pliegues de la vida se mostraban dentro de la mónada, (en un estanque hay un pez y dentro del pez un organismo y dentro de ese organismo hay un estanque y dentro de ese estanque un pez y luego un organismo).

La otra utopía es que para que pensemos que nuestros espacios son monádicos, finalmente, debe de haber una conciencia que piense en la idea de la mónada y que reflexione sobre la comunicación o incomunicación con otras mónadas dentro de un relato histórico.

La diferencia con los fractales es la siguiente: no desarrollan pliegues a su interior e implican, realmente, un proceso de globalización fractal. (Una red social, por ejemplo, no es una suma de mónadas, sino de repeticiones en la carretera del vacío, tendientes, siempre, a la carretera de la estupidez. Ser listo en la red o culto o serio o algo así, es de mal gusto y, lo más importante, implica menos resonancias o twitters; incluso los militantes reducen todo a la subasta de sus mercancías o sus ofertas para ocupar el tiempo). Estar en la red, en ese panóptico fractal, es una forma de matar al tiempo propio y al de los demás.

Lo interesante es que para que todo esto se mantenga, tiene que haber una dosis frecuente de terror. Al sólo haber espacios repetidos, nuestra certeza del límite está en el cambio de figura del fractal, y ese cambio sólo se logra con una movimiento molecular de pánico. Para que nadie se olvide de que está dentro del fractal global no es sufiente la guerra, el pánico también debe de ir acompañado de una delincuencia estructurada con el sistema mundial, con una seriación televisada de catástrofes que deben de acontecer en un mimso instante a todos y a ninguno y, como en los viejos tiempo de la fundación cristiana de lo moderno, hay que sumar cifras de muertos, cifras, para que nadie dude que su cuerpo está aquí, ya bien tieso y fractalizado.


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